canción favorita
Me acuerdo de noches interminables. Me dormía en la habitación de mis hermanos y amanecía en la mía. ¡Mi cabecita nunca entendió cómo y quién me había pasado a la otra cama!¡A los cinco años es tan fácil creer en la máquina del tiempo! Ahora sé que era papá.
Me acuerdo del día cuando robó un pino alto y robusto, iba desde Valera a Maracaibo. Nos contó que estacionó el carro a un lado de la carretera y saltó la cerca de púas de una finca. Cortó el tronco del pino con un machete y lo metió —como pudo— en la maleta del carro. Entre todos le guindamos estrellitas y flores entre las ramas. Fue el árbol más bonito aparcado en la sala. Los invitados lo admiraron en la boda de mi hermana Yelixa con Homero. ¡Aunque solo duró un mes por el calor! ¡Fue una de las navidades más alegres! Bueno, casi todas maravillosas antes de su muerte. Ahora tengo un ritual con mis hijas, adornar el árbol y celebrar la vida. Ellas saben de este recuerdo. ¡Han prometido perpetuarlo!
Me acuerdo de cuando nos paseaba por Trujillo, San Cristóbal y Yaracauy en su Fairlane 500.Cantábamos gaitas, nos pasábamos botellas de agua, compartíamos los sándwiches, las galletas y los caramelos. Era como estar dentro de un barco gigante. Cada asiento era como un camarote. Un privilegio quedar al lado de las ventanas, sentir el aire en la cara, soñar. Ahora me acuerdo que soñar no cuesta nada. Se puede hacer desde cualquier parte. A veces me da miedo soñar. A veces sueño demasiado.
Me acuerdo la vez que nos llevó realmente a un barco que viajaba por todos los continentes. Se llamaba Doulos. Era un barco-biblioteca. Me acuerdo fascinada en el mar de libros. Me acuerdo compró los comics de Ester, la historieta de Rubí , los fascículos de Moisés. Primera vez que lloraba porque el protagonista de la historia, moría. Ahora entiendo que todos somos protagonistas. Ahora sé que todos moriremos. La biblioteca era espaciosa, tanto que mi hermana menor Josely se perdió. La encontramos gracias a un guardia. Nos avisaron por megáfono. Ahora leí que el Doulos está en el libro Guinness como el barco activo más antiguo en viajes por los océanos. Ahora sé lo que sintió la joven Ester cuando confundió a su tío con su papá. Me acuerdo que me pasó lo mismo cuando vi a tío Tomás en el entierro de papi. ¡No paraba de llorar! Ahora entiendo a los israelitas cuando perdieron a Moisés.
Me acuerdo del día que se echó tanto talco que parecía Gasparín.
Me acuerdo de sus axilas negras. Confundió un rollón de tinta negra para almohadillas con el desodorante.
Me acuerdo cuando le dijo a mi mamá que se divorciaría, si ella votaba por Acción Democrática. Era copeyano.
Me acuerdo de sus ojos claros acuchillar a mi prima Lizbeth ¿a quién se le ocurre por muy nervioso que esté, frotar el aceite en el sartén para freír un huevo con un pedazo de tela?
Me acuerdo cuando compró un racimo grande de plátanos verdes, los amorró sin que nadie se diera cuenta a la mata que teníamos en el patio. Los invitados a la boda de tía Nidia con Javier se sorprendieron con la buena mano de mi papá para la agricultura.
Me acuerdo de sus muchos viajes en el Fairlane 500 desde la casa de abuela Geno en las reuniones de fin de año. Llevaba a los familiares que no les alcanzaba el dinero para los pasajes de regreso. Ahora creo que no importan los partidos políticos. Importan los gobernantes. Ahora sé porque mi mamá rompió la promesa de no votar por los blancos. Necesitaba un cargo como enfermera en una clínica del Estado. Ahora sé que vivir es una fiesta permanente.
Me acuerdo la vez que botó una platera a la basura. Me acuerdo mis hermanas no apilaron más los platos. Me acuerdo que creó un club con sus yernos. Me acuerdo jugaban dominó todos los viernes. Me acuerdo me dio una lección de manejo. Ahora no me atrae tener un carro.
Me acuerdo las sopas que pedía en los restaurantes. Me acuerdo nos compraba medias por docenas. Me acuerdo que decía: ¡qué cabello tan bello tiene Fedra! —la de Juan Carlos y su rumba flamenca—. Me acuerdo mi mamá susurrarle: unjú, el cabello.
Me acuerdo cuando lo acompañé a comprar flores para rellenar corazones de anime. Los pusimos en todo el medio de unos arcos decorativos en los pasillos de la casa en la urbanización La Paz. Era la fiesta de los quince años de mi hermana Yuna.
Me acuerdo su deseo de construir un segundo piso. Me acuerdo que sin ayuda de nadie, construyó una escalera de cemento. Me acuerdo que los peldaños no eran tan uniformes, pero eran peldaños. Me acuerdo cuando en una fiesta de carnaval sacó de un frasco con formol la mano oscura de un cadáver que estaba escondida en un cuarto en el patio. Era Ambrosia, la mano fosilizada que mi hermana Joyce utilizaba para estudiar medicina. La puso encima de la mano de un invitado de piel morena que se había quedado dormido. ¡La borrachera se le pasó rápido! Ahora sé que la creatividad puede viajar en el ADN.
Me acuerdo cuando se trajo una mata de orquídea de Escuque. La sembró en un matero debajo de una mata de mangos. Me acuerdo florecía una vez al año. Me acuerdo una sola flor. Me acuerdo era fucsia. Me acuerdo como la cuidaba. Me acuerdo los helechos frondosos en el jardín de casa. Me acuerdo de las macetas de matas en los rincones de la sala. Las sacaba para regar. Me acuerdo no faltaron las flores en su funeral. Ahora comprendo. Cada vez que me siento en un café, en un restaurant, busco estar cerca de una ventana. Ahora mi logotipo es una flor.
Me acuerdo cuando ponía bombillos rojos en la fiesta de los compañeros de clase de mi hermana Yola. Me acuerdo que se disfrazaban. Me acuerdo de un cumpleaños de mi hermana Chela. Me acuerdo el salón decorado como una discoteca. Me acuerdo de los discos de vinilo. Me acuerdo del tocadiscos negro. Ahora busco alumbrar los lugares oscuros. Ahora puedo escuchar cualquier tipo de música, si me gusta la letra.
Me acuerdo de casi todos los que hospedó en La Paz. Me acuerdo de camas literas. Me acuerdo de cuatro cuartos, una cocina grande, un patio techado, dos hamacas, alfombras frondosas y sillas reclinables. Me acuerdo de Chopito, de Tío Andrés, de Mele, de abuelo Ulpiano, de tío Ventura, del primo Alexis, de Maritza, la que se graduó de doctora, de Lizbeth del amigo de mi hermano Lilito, Beceira. Me acuerdo de los que se quedaban en vacaciones; Marisela, Adolfito, Marelbis, Liliana. Me acuerdo de mi tío Eliodoro. Vivió con nosotros tres años hasta el trasplante de riñón. Me acuerdo que el riñón era de una estudiante moribunda, caída en protesta. Me acuerdo que su esposa Elena y sus hijos vinieron para compartir esa navidad. Me acuerdo el trencito que hicimos. Me acuerdo de Carolina, Milagros, María Mercedes, José, Eduardo, Beatriz. Me acuerdo cuando nos visitaban mis otros primos de los Andes; Mariela, Dulce, Yolanda, Alexis, Eduardo, Fernando. Ahora es como si lo oyera: “salgan de los cuartos y atiendan a la familia”. Ahora soy yo quien lo digo.
Me acuerdo de las palanganas de cóctel que hacía. Sabor insuperable. Me acuerdo de las hallacas de caraotas picantes. Me acuerdo de su receta de manzanas acarameladas al horno. Me acuerdo de su gusto por el pasticho de berenjenas. Me acuerdo de su café con leche con una cucharadita de afrecho, de su jugo de toronja. De los intentos de hacer la dieta Scardale. Ahora estoy segura, el principal ingrediente en la cocina es el amor cuando la sazón no ayuda.
Me acuerdo que nadie supo de sus canas. Mi hermana Yuly la peluquera las teñía de negro.
Me acuerdo de su lunar en la espalda, un fríjol marrón. Me acuerdo los colores de sus camisas; brillantes, oscuros, chillones. Me acuerdo la foto de su boda. Me acuerdo parecía un ken de pelo negro. Me acuerdo de sus carcajadas.
Me acuerdo de su preferencia por la música mexicana. Me acuerdo de escucharlo cantar a todo gañote “El Rey”. Ahora confirmo, los colores muestran el estado de ánimo. Lo se mucho antes de estudiar semiótica. Ahora sé que el gusto por cocinar lo heredó mi hermana y no yo. ¡Los demás también lo dicen! Todavía hago las arepas cuadradas. Ahora entiendo de donde viene lo de echarle tiras de berenjenas a los guisos. Además, ¡quedan sabrosos! Ahora entiendo porque a mí me gusta el refresco sabor a toronja, mientras los demás piden Coca-cola. Ahora comprendo las ganas locas de echar un pedazo de chocolate, avena o caramelo a mi café. Ahora sé que él sigue siendo el Rey.
