Crónica de una época sin redes sociales, una cartelera que hablaba y un premio que nadie quería ganar
La mudanza será la próxima semana. Acomodo maletas y lleno bolsas negras de trastes. Selecciono la ropa que nos vamos a llevar y tomo unos libros apilados que parecen la Torre de Pisa. Abro uno y releo un fragmento; lo cierro. Sé que, si sigo así, me tardaré unas cuantas tardes y terminaré, inexorable, subida en las nubes gloriosas de Gabriel García Márquez, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Isabel Allende, Pablo Neruda, Octavio Paz, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco y mis otros amigos no tan invisibles de la adolescencia.
¡Ya habrá tiempo de acomodarlos!, como siempre, los anido en una biblioteca de madera itinerante, la que me he llevado a todas las casas donde he vivido. Para los coleccionistas de libros impresos es un arte agruparlos: por color, por grosor, por altura o por género. De cualquier forma, son parte de mi herencia para mis hijas, incipientes lectoras que ya devoraron El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.
Busco unas cajas de cartón inmensas y meto los libros, los acaricio antes. Abro un viejo álbum fotográfico: un libro grande, argollado. Las fotos yacen pegadas a las hojas con un extraño pegamento y por encima están protegidas con papel transparente. Veo una foto mía en blanco y negro tan divertida. La tomó Jacob Atircopy cuando trabajábamos juntos en un periódico en Maracay, Venezuela, en 1996.
Él es fotógrafo. Dice que su apellido significa “hipócrita” si se lee al revés: Atircopy. Es bohemio, de cabello rizado, largo y despeinado, y de altura intimidante. Sé que se tomaba fotos desnudo con una máscara de oxígeno en el rostro; según él, era una pose artística. Nunca las quise ver, aunque hoy algunas me parecen muy buenas. Como la de dos montañas pequeñas con linderos de una línea marrón muy oscura, casi negra, que titulé “Dunas del desierto”. Jacob me explicó el verdadero contexto de la fotografía y se dirigió a mí con el apodo que más le gustaba de los dos que me bautizaron en el periódico: Mosquita Muerta, porque no hablo de mi vida privada, y Hello Kitty, por mi sensibilidad ante los problemas de la comunidad.
—Mosquita, mira bien, no es un desierto, no son montañas, pela el ojo: es el cuerpo de una mujer muerta. Esas dos lomas que ves son sus senos, y la línea marrón casi negra es el hilo con que la cosieron. ¡Es una autopsia perfecta! La pagaron muy bien; la muerta no era cualquier persona, era de la ‘jai’. Su familia tiene mucho dinero, y hasta en la muerte se ve la diferencia entre ricos y pobres.
—¡Jacob, qué rareza! ¿y cómo la tomaste?
—A mí me dejan entrar en la morgue porque cubro noticias de sucesos, de heridos, de muertos y de la fuente judicial; entonces me he hecho algunos amigos y aprovecho para buscar un motivo interesante. Las obras de arte hay que construirlas, mijita.
—Ya veo, Jacob.
—También escribo poemas; los publican en las páginas literarias de los domingos, ¿no los ha leído?
—Ah, sí, un día de estos los leo, pero si son como tus fotos, ¡Santísimo Dios!
Jacob es muy creativo en su trabajo. Unas cuantas veces ganó el concurso mensual de fotografías en el periódico. El premio era un cheque, de esos que había que ir a cambiar al banco. El jurado éramos periodistas, fotógrafos, editores, diseñadores gráficos y los jefes de prensa y redacción.

En aquella época las fotografías no eran digitales, sino en papel fotográfico. Los reporteros gráficos revelaban las mejores copias en un cuarto oscuro y las lucían como si las instalaciones del rotativo fueran un museo. La curaduría era sencilla: una fila de fotos de diferentes tamaños sujetas por ganchos a un cordel de yute en el lienzo de la cartelera, que abarcaba toda una pared de cuatro metros de ancho, ubicada a un lado de la sala de redacción. El material era grandes láminas de papel periódico sin imprimir. Recuerdo una en especial: la de diciembre. Aunque confieso que no me gustó el personaje asignado, los demás fueron muy acertados.
Escribieron con un marcador negro de tinta indeleble:
EL PESEBRE
La virgen: ¡Todavía no la hemos encontrado!
José: Todos los buenos hombres cuando no beben y llevan su sueldo a la familia.
La estrella: Roberto, el periodista de la fuente de política, cree que es el mejor, o sea la estrella que más brilla.
La paja: Wilfído, el periodista de comunidad, un exseminarista que duró diez años sin esto y sin aquello.
La mula: Carlos, el reportero gráfico de deporte, batió récord en caerse en la escalera.
La vaca: Mosquita Muerta, la periodista nueva (por los senos grandes) muuuuu.
El niño: Julito, el hijo recién nacido de Pandora, la recepcionista ¡Qué cuchitura!
Los Reyes Magos: Jacob, Giorgio y Juan (los fotógrafos) cuando van en busca de la mejor foto.
El buey: Ernestina, es el único buey que no se deja guiar ¡ella lo sabe todo!
PD: El intercambio de regalos navideños es el 26 de diciembre, los que no tienen guardia ese día, procuren venir y traer el obsequio o lo envían al menos.
Recuerdo otra con una sátira:
¿Quién se atreve a responder quienes son el dúo veneno?, la periodista y el fotógrafo que se ganaron este título por sus acciones tan tiernas con sus compañeros.
La cartelera se convirtió en puente narrativo; como un río que trae hojas a la orilla, desembocaron la tristeza, la protesta, la crítica, la caricatura, el humor, la capacidad de resumen, la investigación. Fue poemario, galería de fotos y grafiti a la vez. Los empleados podían escribir lo que quisieran, pegar fotos, escribir frases, expresar opiniones, solicitar peticiones. Zona de quejas o reclamos, poesías, pequeñas historias.
Una vez un anciano me hizo el favor de abrirme la puerta del carro para ir a cubrir una noticia en un barrio. Al mediodía pegaron una foto con la premisa: Hello Kitty y sus amigos de la comunidad la aclaman cuando llega, porque saben que los va a escuchar y a publicar sus necesidades, ¡qué ternura!

Era época cuando las computadoras apenas salían en el mercado latinoamericano. Sin redes sociales, la cartelera de papel era el WhatsApp, Facebook e Instagram antiguos. Era respetada. No sabía cuánto, hasta que, por culpa de Jacob, me gané el premio que nadie quería ganar, “ El Chimbo de Oro”, también porque ignoraba una de las reglas.
El día de la entrega fue al día siguiente que la jefa de prensa me anunciara que era la ganadora por teléfono. Me pidió llegar temprano. Llegué como a las ocho de la mañana, como siempre. Vi los rostros de quienes trabajaban conmigo; hicieron dos filas en ambos lados desde la entrada del edificio para que pudiera pasar por el medio. La alfombra no era roja; eran láminas de papel periódico pegadas al piso. Sentí como unas hormiguitas me comían los pies, un remolino en mi estómago y mi respiración tan acelerada que los demás podían oír. Tenía ganas de llorar, las contuve.
Giorgio Ughi, mi fotógrafo asignado, me miró con mezcla de compasión y picardía. Me apreciaba pero se notó que gozaba con toda la parafernalia. Se acercó, me tomó por un brazo para que desfilara. Escuché risas, muchas risas, y un ¡Ay, Dios, pobrecita! Interminable el recorrido hasta el segundo piso, donde me esperaba la celebración.
Allí, el comedor y la sala de estar estaban adornados con flores de papel de colores pasteles. Vi unos mesones con manteles blancos llenos de pasapalos y canapés. Alguien seguro le avisó al departamento de compras que me gustaban los tequeños y pastelitos de queso. Los sándwiches no faltaron y los vasos de Coca-Cola estaban servidos con hielo.
Me recibió mi jefa, Esperanza, vestida con una blusa blanca glamurosa. Con voz de locutor, uno de los periodistas, creo que el de cultura, empezó a leer el recital del premio. Escuché: era la segunda mujer en ganarlo. Me tomaron fotos con el grupo y al otro día las colocaron en la cartelera. Me dieron un trofeo con dos asas a los lados, de cartón forrado con papel aluminio. Miraba a Jacob con ganas de golpearlo; fue el artífice de todo.
Quince días antes había almorzado temprano y aproveché para ir a la peluquería. Mi peinado estaba impecable. Le pedí que me tomara una foto artística como se la había hecho a las demás, en blanco y negro. Me indicó que no dejara de sonreír y acomodó mi cabeza de manera que quedara mi cuerpo de lado. Cumplí y el flash invadió el espacio.
Al día siguiente, todos se reían solo con verme. Sospeché una travesura. Corrí a ver la cartelera: Jacob había hecho un montaje con el rostro de la Mosquita Muerta y el cuerpo desnudo de la voluptuosa artista argentina Yuyito montada en una bicicleta. Así pasaron cinco días: él reproducía una copia en el cuarto oscuro y, en cuanto la colgaba, yo la quitaba. ¡La quité una y otra vez!
Una colega me advirtió que Jacob estaba preparando algo peor para el día del intercambio de regalos, ¡algo realmente malévolo! Me puso al tanto.
— ¡Jacob está loco!, ¡hablá con el dueño del periódico o con la Licenciada Esperanza, pero hacé algo!, está tramando hacer unos llaveros con tu foto y regalarlos a cada uno como unos recuerditos, ¡pará eso!
Me indigné y prometí: ¡No se quedará así!
Hello Kitty dejó la ternura y la Mosquita Muerta sacó sus alas para revoletear alto. Con fuerza inesperada, me subí en una silla y, de un solo tirón, rompí la cartelera de arriba abajo, la que llevaba un mes invicta en la pared. No quedó ni un pedazo de papel. Agarré el papel arrugado y lo metí como pude en el depósito de basura.
Cuando leyeron el recital “El Chimbo del Oro”, explicaron que una regla imperdonable era meterse con la cartelera: se podía reescribir o colocar capas encima, pero romperla era un sacrilegio. Jacob me susurró:
—Mosquita, cien años de desidia caen sobre quien lo haga, como en Macondo; es mal agüero. A quien lo hizo antes le cayó mala suerte, por eso inventamos lo del premio para salvarla. Me canturreó: «zuum, zuum, ¡años de vida próspera para Mosquita Muerta! ¡Qué viva, estas a salvo!»
Dos meses después, por fin me hizo una foto artística como incansables veces le había implorado. Posé mirando de lado, con una gargantilla de cuentas beige que me había regalado mi mamá. Había terminado de venir de la peluquería. Esta vez hizo un close up de mi rostro. ¡Quedó muy bonita!
Oigo la voz de mi esposo que llega del trabajo. Mis hijas corren a recibirlo. Todavía estoy en medio de trastes, maletas, ropa, cajas, recuerdos, fotos, sueños. Debo hacer la cena, mejor cierro el álbum, ¡ahh mañana termino de guardar estos libros!

